Calendario Mensual de Anivesarios y Fiestas 2010 de la Diócesis
 
 
Lista de Comunicados del Nuestro Obispo Diocesano
Año 2009
Edición no. 75
Publicación de formación e información católica de la Diócesis de Tepic, México.
Agenda 2009
Comisión Diocesana
de Pastoral Vocacional
 
 
Historia de las Parroquias
Guachinango

 

PRESENTACIÓN

Situada en la parte noroccidental de la región central del Edo. de Jalisco, y al norte de la región de os declives, se encuentra la parroquia de Guachinango, una de las más antiguas “doctrinas” del Reino de la Nueva Galicia.

Pergeñando la presente reseño histórica, muchas veces ha venido o mi mente el profundo pensamiento de Rabindranath Tagore (premio Nobel 1913): “No hay más que uno historia: la historia del hombre”; y a la luz de esta verdad, he reafirmado mi convicción, de que el pasado histórico de todo pueblo, por pequeño que éste sea, nunca puede dejar de ser interesante, y mucho menos cuando se trata de un puebla que, como Gua­chinango, conoció un pasado insigne, aunque actualmente su trayectoria, al lado de otros lugares más afortunados, se en­cuentre, en razón de diversos factores, en manifiesta desventaja.

ORIGENES

Aunque resulte un anta extensa esta parte, intentará llegar a los antecedentes más antiguos del hombre que habitó prime­ramente la vasta región de la Nueva Galicia , Pues además de que todo el territorio de nuestra diócesis fue parte de ella, podremos tal vez encontrar en dichos orígenes, algunas razones antropológicas de nuestro propio modo de ser.

Respecto a los antecedentes etnológicos del hombre primitivo americano, nada se sabe con certeza; sólo cabe afirmar con buen número de serios etnológicos e historiadores, que la raza aborigen no fue autóctona sino inmigrada, ya que, procedente del Asia, entro en América por Alaska, probablemente cuando su cultura fue clasificada entre las neolíticas, (C.f. Páez Brotchie). Serios historiógrafos sostienen, sin embargo, que si hubo raza autóctona, y que ésta fue la otomí.

La raza que en época más remota pudo haber habitado suelo de Jalisco salvo la hipótesis anterior sobre la otomí fue la Nahoa que, viniendo del norte, llego a nuestro país hace unos seis mil años. No obstante, todos los conocimientos que se tienen sobre los primeros pobladores de la Republica Mexicana , datan del siglo VI de nuestra era, de tal manera que toda hipótesis fundamentada en tiempo anterior a dicho siglo, no merece entero crédito.

Es de justicia afirmar a favor de la raza nahoa el alto grado de cultura que logro alcanzar, como lo demuestran su teogonía y cosmogonía, ciertos conocimientos sobre construcción e hidráulica, el matrimonio y la organización familiar, la organización social y, sobre todo, la inexistencia de la práctica de sacrificios humanos, fenómeno del que nos e vieron libres ni siquiera muchas razas posteriores a ella. (Cf. Topete Bordes, Jalisco Precortesiano, Cap. 2).

Ya en un ciclo de mayor certeza histórica, durante la segunda mitad el S. VI, llegan al suelo de Jalisco los Toltecas, descendientes de los Nahoas, y fundan Chimalhuacán Atenco. El nombre Chimalhuacán (“Lugar de los que usan escudos”) es la piedra angular para la historia de esta región, ya que ha servido a todos los historiadores para señalar la región Jalisciense y la de todos los estados circunvecinos de la época precortesiana.

Como herederos de la cultura nahoa, los toltecas también en si especificación de chimalhuacanos eran un pueblo adelantado: politeístas, pero reconociendo a un dios superior a los demás; industriosos en la construcción, en la agricultura y en algunas artes; consignaban su historia con pinturas y jeroglíficos; tenían una organización social de familia y de gobierno; sus viviendas en algunos casos fueron ya casas de terrado y, sobre todo, fueron muy buenos astrónomos. Clavijero, visitando a Boturini, afirma que todos los Toltecas idearon el año bisiesto mas de cien años antes que Jesucristo, y que las razas cultas mexicanas, por lo aprendido a los toltecas, tenían el año civil de acuerdo con el solar, por medio de los días intercalares, como fue el calendario romano después de Julio César.

Sobre los primeros pobladores de Guachinango, el Sr. Cura Don. Librato Tovar, ilustre miembro de la Sociedad Mexicana , de geografía y Estadística en la junta Auxiliar de Guadalajara, en el discurso que pronunció en 1933 con ocasión de la celebración del IV Centenario de la fundación de Guachinango, afirmó:

“Por el año 567 de la vulgar, los pobladores de este terreno fueron los toltecas, que dominaron a las razas inferiores, que tenían lengua y costumbre propias. Siguió la dominación mexicana con el reino de Chinalhuacán constituyéndose numerosos Tlatoanazgos o señoríos independientes, solo unidos en tiempo de guerra para resistir al enemigo común. Señorío chimalhuacano fue Guachinango, con Mixtlán y Atenguillo, con asiento en esos poblados y otros como El Rojo, de importancia en los tiempos dichos, como mineral, porque el vínculo de unión, a lo que parece, de las tribus aborígenes, fue aquí en los contornos, la extracción y beneficio de los metales precisos, sin negarse que, como chimalhuacanos, también fomentaban la agricultura, el comercio y las artes manufactureras.”

ETIMOLOGIAS

Como la mayoría de los antiguos nombres indígenas, controvertido y curioso es el origen del vocablo Guachinango, pues mientras para la tradición ancestral y popular significa simplemente “Arroyo sin agua” o “Lugar fortificado”, para la erudición filosófica de los estudios existen las siguientes versiones:

•  “Seto en los bosques” (Mendoza);

•  “Lugar que tiene cercado de madera o de árboles” (Arreola);

•  “En la chinampas de estacas de madera” (Ibarra de Anda);

•  “En el cercado de árboles” (Exmo. Sr. Arzobispo Don J. Guadalupe Ortiz y Sr. Prof. Don José Ramírez Flores).

Esta versión que parece ser la más acertada, proviene según el Excmo. Sr. Ortiz del dialecto mexicano: “CIATI” (árbol, madera o cuate) y “NANGO” (cercado o rodeado de); el ilustre historiador jalisciense Ramírez Flores, en filología mejor elaborada, lo hace derivar de: “CUAHUITL” (árbol), “CHINOMITL” (cercado de seto) y “CO” (en, lugar de), raíces que al aglutinarse en una mejor resultante fonética, dan origen al nombre “cuauh-chinan-co”. (Cf. Páez Brotchie, Jalisco, Historia Mínima Tomo II).

LOS ESPAÑOLES

La fundación del pueblo en su lugar actual está ligada al nombre de Don Juan Fernández de Híjar capitán español que en 1541 se estableció en Guachinango donde vivió durante mucho tiempo, pues en marzo de 1579todavia aparece viviendo aquí; murió tal vez poco tiempo después de dicho año y fue sepultado en esta tierra que quiso tanto y donde infatigablemente trabajó como pionero de la minería. Por línea recta masculina descendía de la casa de Híjar de la real de Don Jaime Aragón.

En 1533 data el Título de propiedad a favor del “Pueblo fundador cacicato de Guachinango” que el 8 de Diciembre de dicho año, a nombre del Emperador Carlos V, firmaron el Viso Rey, Don Antonio de Mendoza, el Capitán General de los Reales Exercitos de la Nueva España , Don Hernando Cortés, y los Vocales y Sinodales del Consejo de Indias.

Sobre dicho Título, conviene dejar asentado que, próximo a celebrase el IV centenario en la fundación del pueblo (Dic. 8 1933), los vecinos mas caracterizados de Guachinango comisionaron al Sr. Don Joaquín Ponce para que consultara con personas competentes y autorizadas sobre la autenticidad de dicho Título, tal vez razonablemente puesta en duda. El Sr. Don Joaquín Ponce para que consultara con personas competentes y autorizadas sobre la autenticidad de dicho Título, tal vez razonablemente puesta en duda.

El Sr. Ponce consulto en Guadalajara con los miembros de la Junta Auxiliar de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, recabando de todos ellos la unanimidad de que “dichos documentos históricos son de la más innegable autenticidad tanto por que su escritura corresponde a la usada en aquel lejano entonces, como por la naturaleza del papel en que están escritos, así como además, por las firmas que calzan dichos títulos, siendo la principal la del Conquistador Don Hernando Cortés, Márquez del Valle, la cual se ve a la fecha, perfectamente clara llevando una marmaja dorada, que era la característica que siempre llevaban las firmas del conquistador”. (Cf. El informador de 10 de Diciembre de 1933).

Asociados también a los primeros años de la vida colonial de Guachinango están también los nombres de Pedro de Ulloa, conquistador de la nueva Galicia al mando de Nuño de Guzmán quien poco después de 1531 lo nombró encomendero de Guachinango; el Capitán Cristóbal de Oñate quien en 1545 descubrió algunas minas de Guachinango, Etzatlán y Purificación (Cf. Páez Brotchie); Cristóbal de Oñate, hijo del anterior, y a quien su padre había legado unas casas en Compostela y una mina en Guachinango que Sancho de Rentaría conoció, “Sancho de Rentaría, corregidor del mineral e Guachinango, hombre honrado, casado y que en 1563 llevaba diez años de residir en la tierra” (Ibídem).

En 1570 contaba el Real de Minas de Guachinango con seis vecinos españoles, mineros. Durante dos siglos (XVII y XVIII) la vida del pueblo estuvo íntimamente ligada a la familia Rodríguez Ponce; fundador de esta familia fue Alfonso Rodríguez Ponce, originario de Lepe, en Huelva (Andalucía) quien vino a México como minero en 1600. Hijo del anterior fue Don Francisco Rodríguez Ponce del cual habla el P. Tello como constructor en 1605 de molinos para beneficiar metales.

Este primer Francisco aparece como mercedatario en Guachinango en 1618; en 1627 aparece ya como residente ocupado en asuntos de minería, además de ser Juez Mayor del Real de Minas y sus provincias. Casado con Francisca de Velasco Mújica y Rentería de Juchipila, tuvo cuatro hijos, de los que sólo uno fue varón y también se llamo Francisco.

Este segundo Francisco, Capitán, terrateniente y hombre de negocios, aunque natural de Juchipila y ausente de Guachinango en desempeño de diversos cargos (Juez pesquisidor, alcalde provisional de la Santa Hermandad , Juez de mesetas, cañadas y registros, etc.), aparece sin embargo, vinculado a este pueblo para el que tiene permiso de Felipe IV en 1655 para la fabricación de un trapiche. Casado en 1638 con Juana de Avalos de Bocanegra, procreó ocho hijos (4 mujeres y 4 varones), los cuales, al quinto se le puso por nombre francisco y al séptimo Ambrosio, “que fue Bachiller y luego presbítero de larga vida y ancha fama”.

El tercer Francisco se casó con María Luisa Ortiz Palomera, y uno de sus hijos, el Br. Juan Antonio Rodríguez Ponce, fue durante varios años vicario de Guachinango (en 1749 llevaba al menos 14 años como tal); junto con sus hermanos poseía en los alrededores del pueblo diez sitios mayores y seis caballerías, mas la Hacienda se Santa Bárbara como a media legua del Real. Tal vez a él se deba la cesión de la casa hacienda de la Familia Rodríguez Ponce a favor del Templo parroquial, como reza la inscripción en que cantera roja se encuentra bajo el primer campanario:

“De los Ponce fue esta casa, y para emplearla mejor, a Dios se la dedicaron para casa de oración”.

VIDA RELIGIOSA

La Evangelización de Guachinango parece que corrió pareja con la con la conquista de las armas ya que el título anteriormente mencionado contiene un párrafo que textualmente dice así:

“… se le conceden dos sitios de ganado mayor por que queremos que sin tardanza ni perdida de tiempo alguno tenga y sea Curato y tenga Cura de Almas Doctrineras que enseñe los mandamientos de Nuestro Señor Jesucristo y de la Santa Iglesia ”. Tal vez por eso el Sr. Cura Don Librado Tovar en su discurso del 10 de Diciembre de 1933 decía: “Es de llamar la atención cómo la constitución de este pueblo y su erección en Parroquia hayan precedido nueve años a la fundación de Guadalajara en su actual sitio en 1542” .

Escasos, si embargo, son los datos que se tienen de los siglos XVI y XVII. Inicialmente, de 1533 a 1536, Guachinango perteneció como “doctrina” al vastísimo Obispado de México; luego durante diez años (1536 -1546), al de Michoacán, y a partir de 1546, año de su erección, al de Guadalajara, desmembrado del anterior. (Ilmo. Sr. Don Pedro Espinosa. Noticias Históricas del Obispo de Guadalajara, 1852).

Celebre fue durante dos años (1569-1570) el juicio que ante la inquisición promovió Cristóbal de Oñate, vecino y minero de Guachinango, contra Hernando Botello, Alcalde Mayor en el Valle de Ameca, debido a la aprehensión que éste perpetró en la persona de Fr. Juan Pacheco, O.F.M., a la profanación que hizo de la ermita de Santo Santiago y a la expoliación de un cáliz al Cura Sebastián de Toranzos. De la lectura del caso anterior contenido en la obra del Dr. Rubén Villaseñor Bordes, la inquisición en la Nueva Galicia siglo XVI se concluye que ya en la segunda mitad del siglo XVI, Guachinango tenía, además de la iglesia (que no es al actual templo parroquial), dos ermitas, la de Santo Santiago y la de San Sebastián, y dos sacerdotes, el Cura Sebastián de Toranzos y el Vicario Juan de Balderas. Estos hechos demuestran Claramente que la evangelización de esta región fue, además de inmediata, rápida, pues en 1574 Guachinango aparece como una de las veintiuna parroquias o “doctrinas” (veintidós según Pérez Verdía) del Obispo de Guadalajara.

Evidente muestra de los esfuerzos realizados en orden a lograr una profunda evangelización de la Nueva Galicia , fue la cátedra de idioma mexicano que se fundo en Guadalajara (1579) para que los sacerdotes pudiesen predicar en su lengua nativa a los naturales que en su mayor número no hablaban el español.

Y en 1583, según testimonio de Fr. Pedro Serrano, padre agustino que sustentaba dicha cátedra solo el Cura de las Minas de Guachinango había sido aprobado.

Finalizando la primera mitad del siglo XVII (viernes 19 de Septiembre de 1644) tuvo lugar dentro del vastísimo ámbito territorial de esta “doctrina” un acontecimiento que, corriendo el tiempo, había de ser decisivo no sólo en la vida espiritual de la parroquia de Guachinango sino también de la futura diócesis de Tepic: la renovación de la imagen de nuestra Señora del Rosario en el pequeño poblado de Talpa, a donde tuvo que trasladarse de inmediato el Sr. Cura de Guachinango, Br. Don Pedro Rubio Félix que a la razón se encontraba visitando pastoralmente los poblados de Mascota y El Ataxo. Verificada una intensa investigación, dejó redactado el fruto de los interrogatorios habidos con los testigos en un documento de inapreciable valor histórico, conocido con el nombre de “ La Auténtica ”.

A partir de este hecho, Talpa y Mascota recibieron una más esmerada atención pastoral tanto por parte del Cura de Guachinango como por parte de sus diversos tenientes. En la historia de Nuestra señora del Rosario de Talpa, del P. Manuel Carrillo Dueñas, aparecen como curas propietarios o interinos del Real de Minas de Guachinango, además del Br. Don Pedro Rubio Félix que muere en 1675 o 1678, los Sres. Brs. Don Nicolás Ramos Jiménez (1679 - ?), Don Gerónimo Fernández de Lara (1714-1722) y Don Mateo Castellón (1722- ?). Con la erección de la parroquia de Mascota (13 de agosto de 1722), Talpa y Mascota dejaron de pertenecer al antiguo Curato de Guachinango.

Sobremanera difícil resulta reconstruir el pasado de la vida espiritual y religiosa de la parroquia, debido a la carencia de datos; en el archivo parroquial, el Libro no. 1 de Actas de bautismos, matrimonios y entierros, data del mes de septiembre de 1690, y el Libro no. 1 de Gobierno empieza con la fecha 9 de octubre de 1775, llama la atención el hecho de que esta parroquia siempre haya sido atendida por sacerdotes del clero secular; sólo de dos religiosos se sabe que hayan estado aquí; Fr. Juan Luis de la Encarnación Ballesteros Equigua, de la Orden de Predicadores (1533-?) del cual se hace referencia en el “Título”, y Fr. Juan Pacheco, O.F.M. (1569).

Políticamente, durante todo el siglo XVII Guachinango fue siempre Alcaldía Mayor de la Intendencia de Guadalajara. Don Domingo Lázaro de Arregui en su obra, descripción de la Nueva Galicia , dice que en 1621 la alcaldía Mayor de Guachinango tenía 10 a 12 españoles en las minas y 200 indios tributarios; sin embargo, ya en el siglo XVIII, al menos desde 1708, alcanzó el rango de Corregimiento, teniendo a partir de entonces un Corregidor como Suprema autoridad local, de manera que ha fines de dicho siglo era una de las 27 jurisdicciones que políticamente integraban la Nueva Galicia. (Cf. Pérez Verdía Luis, Historia Particular del Estado de Jalisco, Tomo I Caps. X y XVI).

SIGLOS XVII Y XIX

Fenómeno fácilmente constatable es el de la estrecha relación de la vida espiritual de una parroquia guarda con los pastores que la sirven. Y esto ha sucedido con la parroquia de guachinango, cuyo rol de párrocos es difícil reconstruir íntegramente. Solo a partir de 1700 se puede elaborar una lista cronológicamente ordenada, gracias al trabajo que en 1902 realizó el padre Atanasio Camarena para ofrecerlo en testimonio de respeto y aprecio al Excmo. Sr. Don Ignacio Díaz y Macedo.

Las principales obras de carácter material y social llevadas a cabo durante los siglos XVIII y XIX, están ligadas a la memoria de los Sres. Curas siguientes:

•  1731-1760: Don José Márquez que construyó los dos primeros cuerpos e la torre del templo parroquial;

•  1808-1835: Don Diego Aguayo de quien se afirma que fue el que construyó el actual camposanto, dotándolo de una capilla que ya no existe; su muerte acaeció aquí el 15 de julio de 1835;

•  1836-1841: Don José Macías: durante su gestión fue desmembrada la parroquia en gran parte de su jurisdicción norte; tal vez fue creada entonces la parroquia de Amatlán de Cañas Nayarit.

•  1855-1862: Don Pioquinto López de Nava que reemplazó al antiguo altar y retablo lateral (lado de la Epístola ) que era de madera, por uno de cantera, construyó la sacristía anexa al presbiterio (lado del Evangelio) y abrió las dos puertas colaterales al mismo;

•  1865-1866: Don Miguel Ignacio Izquierdo que fabricó anexo al templo, un salón para escuela;

•  1866-1868: Don Luis G. Puerto que inició la reconstrucción del atrio; construyó, además, por dos veces, el cono de la torre, pues el primero fue destruido por un rayo el 28 de agosto de 1870; compró un órgano y echó nuevo pavimento al templo parroquial;

•  1877-1881: Don José Jesús Silva: pintó el templo;

•  1881-1890: Don Antonio Jiménez a quien se debe la Capilla de la Ciénega ; este benemérito pastor murió aquí e Guachinango el 8 de marzo de 1890 y sus restos descansan en uno de los muros del templo parroquial;

•  1890-1895: Don José del Refugio Flores a quien de deben las obras siguientes: construcción de la escalera de caracol que da acceso a los campanarios, reformación de éstos, nueva pintura de todo el templo, fabricación del nuevo altar retablo de la Purísima frente a la puerta del costado sur del templo, decoración de oro de los demás altares y retablos, adquisición de doce grandes candelabros y un comulgatorio metálico, restauración del púlpito y la sacristía, y finalmente, la fundición de cuatro magníficas campanas de las cinco con que cuenta el templo parroquial;

•  1895-1896: Don Luis Becerra que fabricó la Campana Mayor dedicándola al Sagrado Corazón de Jesús;

•  1896-1902; Don Ladislao Lupercio: reformó la sacristía del lado de la Epístola (posteriormente se uso como notaría), construyó tres salones para las escuelas y fabricó las capillas de Santa Isabel de Quililla y Guachinanguillo.

Durante la casi totalidad del siglo XIX la vida religiosa de la parroquia se deslizó sobre las raíles de una pastoral tan práctica como prudente, marcada por obispos no menos sabios que santos, como Cabañas, Arana, Pedro Espinosa y Pedro Loza. En los libros de Gobierno correspondientes a esta época llama poderosamente la atención La cantidad de comunicaciones entre los Obispos y los párrocos, y la atención que nos y otros daban a todos los lugares, aun los más distantes y pequeños de la jurisdicción parroquial.

Como acontecimientos importantes para Guachinango durante este siglo, cabe señalar dos de carácter político: la erección del Estado de Jalisco que empezó a existir como tal el 6 de Junio de 1823, y la creación de la municipalidad de Guachinango por el decreto no. 136, firmado el 7 de mayo de 1885 por el Gobernador Constitucional del Estado, Sr. Don Francisco Tolentino; también la vida religiosa de la parroquia tuvo dos relevantes acontecimientos, decisivos entonces, pero cuyos alcances han sido mas notorios en el siglo presente: el primero fue la erección de la Diócesis de Tepic, creada por S.S. León XIII mediante la Bula “IIlud in primis” del 13 de agosto de 1891, desmembrándola de la Arquidiócesis de Guadalajara, Guachinango fue una de las 16 parroquias de la naciente Diócesis tepiqueña; el segundo fue una nueva desmembración de la parroquia, cuando el primer Obispo de Tepic, Excmo. Sr. Don Ignacio Díaz y Macedo, elevó a parroquia la antigua vicaría fija de Atenguillo el 29 de septiembre de 1898.

ÉPOCA ACTUAL

“Los hechos y las fechas son el esqueleto de la historia; las costumbres, las ideas y las tradiciones son la carne y la vida de la misma”, afirmó Voltaire hace casi dos siglos. Y la confirmación de su aserto la podemos fácilmente constatar en los tres cuartos de vida de nuestro siglo XX; pues, en efecto hace casi dos siglos. Y la confirmación de su aserto la podemos fácilmente constatar en los tres cuartos de vida de nuestro siglo XX; pues, en efecto, aunque los hombres mueran o se ausenten, quedan sus obras y sus hechos, y más de alguna vez convertidos en tradiciones o costumbres en las que ellos se prolongan, haciéndose presentes en la vida de las generaciones posteriores.

Ocho han sido los párrocos que ha tenido Guachinango en lo que va del siglo, dejando, algunos de ellos, la impronta definida de su obra. Aunque el Sr. Cura Don Ladislao M. Lupercio alcanzó los dos primeros años de este siglo, no lo incluimos ahora por haberlo reseñado en la parte del número anterior (V).

Con el Sr. Cura Don Juan N. Valdez (1903-1908) se abre la lista de los párrocos que han tomado posesión canónica de Guachinango durante este siglo. De él se puede decir que fue el incansable sembrador de una auténtica y profunda vida espiritual en la parroquia, a tal grado que “treinta años después en palabras de Mons. Casillas se notaba en la generación formada por el Sr. Cura Valdez una piedad sólida y una formación religiosamente íntegra”.

Los doce años (1908-1920) del Sr. Cura Don Bibiano M. Mena (después Cancelario de la Diócesis ) dejaron una estela de cultura, educación y buenos modales. Pero en la mente de las generaciones maduras, el nombre del Sr. Cura Mena está definitivamente asociado a la piadosa tradición de “las Coronas” que tienen lugar durante el novenario de festejos precedentes a la festividad patronal del día 2 de febrero.

En una serena mirada con ojos de fe hacia el pasado borrascoso de nuestra Revolución Mexicana encontramos el hecho tristemente célebre, que dio ocasión a la tradición y devota costumbre de “Las Coronas”, costumbre que nació aquí, que es muy nuestra, y que no se ve en ninguna otra parte. Veamos los hechos que la originaron.

La mañana del día 19 de mayo de 1914, arribó a Guachinango, procedente de Mixtlán, el jefe revolucionario Ignacio Soto que al frente de un numeroso contingente de fuerzas carrancistas, tomó inmediatamente la plaza, cometió innumerables actos de pillaje, allanamiento y atraco a mano armada, para, finalmente, incendiar la mayor parte de las casa del pueblo, no sin antes haber raptado con lujo de violencia, incluso contra el propio Sr. Cura Mena, a un grupo de muchachas (alrededor de 40) en edades de 15 hasta 20 años. Así fue como este revolucionario de Tecolotlán Jalisco, “vengó” (?) la muerte de su hermano, Ismael Soto, acaecido aquí en un enfrentamiento de fuerzas también revolucionarias.

Casi toda la población abandonó el pueblo cuyas casas y comercios principales seguían ardiendo la mañana del día 20. El Sr. Cura Mena que se había refugiado en El Talayote, rancho situado a unos 3 Km al occidente del pueblo, formuló una solemne promesa a la Sma. Virgen en su advocación de Nuestra Señora de la Purificación que se le incrementaría la celebración de su festividad del 2 de febrero, precediéndola de u novenario de peregrinaciones, si concedía Ella la gracia de que todas las jóvenes raptadas por los revolucionarios regresarán a sus casa sin problema de una indeseada preñez.

Poco a poco fueron volviendo a sus casa las cuarenta jóvenes aprehendidas (algunas fueron puestas en libertad hasta pasado un mes); pero 8 meses después, ya en vísperas de la festividad patronal, era manifiesto el favor que la Sma. Virgen había concedido al pueblo, pues ninguna joven había resultado embarazada. Por eso el Sr. Cura Mena, fiel a su promesa, celebro las primeras “Coronas” del 24 de enero al 2 de febrero de 1915. Grupos de 12 varones y 12 mujeres entraron todos los días al templo llevando en ofrenda a la Sma. Virgen lo que su piedad les dictaba; se dice que Don Ladislao Langarica fue el primero en entrar en el templo llevando una rama de laurel en la mano.

Antes de 1915 ya se celebraba el 2 de febrero, pero sin novenario y en forma por demás sencilla. La víspera de ka festividad se llevaba la imagen de la Sma. Virgen a la casa de Don Juan Iglesias y Doña. Andrea Caro de I. (16 de septiembre no. 34, actualmente) de ahí era llevada en andas, haciendo los siguientes seis descansos que eran aprovechados para tributar a la Madre de Dios algunas declamaciones y cantos: el primero era en el corredor de la casa de Don J. Jesús Arreola y Doña. Margarita Caro de A. (16 de septiembre no. 11); el segundo en casa de Don Gregorio Torco y Doña Porfiria Contreras de T. (actualmente casa de la familia Hernández Pérez); el tercero en el corredor de la casa de Don Eulogio Robles y Doña Maria Arreola de R. (después casa de Don Salvador Santiago Langarica: esquina de Obregón y Allende); el cuarto en el corredor de la casa de Don J. Ascensión Sánchez y Doña Petronila Dueñas de S. (hoy calle Niño Artillero); el quinto en casa de Don Pablo Arreola (hoy “Portal Arreola”); y, finalmente el sexto en el Portal de la casa de Don Epigmenio Cabrera, conocido ya entonces como “Portal Cabrera”. De ahí se trasladaba la imagen al templo y se procedía al Canto de Vísperas preparando así la festividad del día siguiente.

Actualmente “Las Coronas”, cubren los días del novenario y el de la fiesta. El número de personas que participan no está determinado, ya que hay días en que son centenares; los varones llevan velas, y las mujeres artísticos adornos florales siendo cada día distintos; la peregrinación, precedida por los sacerdotes que concelebran la Santa Misa y por la imagen de la Peregrina llevada en andas, parte del punto como “la flor de Mayo”, y después de recorrer unos 300 m por la calle Hidalgo entra en el templo por la Puerta Mayor. Durante este breve recorrido se mezclan con el estallido de los cohetes y el repique de las campanas los cantos de alabanza que los hijos tributan a “ La Puri ”, como cariñosamente se le llama.

Al Sr. Cura Mena sucedieron los Sres. Curas Don J. Jesús Luna (1920–1922) y Don Agustín Robles (1922-1926) que decoraron el templo. Del 30 de mayo de 1926 al 20 de junio de 1929, el Sr. Cura Don José Ma. Galindo vive la situación de la iglesia perseguida. Sacerdote y párroco abnegado, no tuvo tiempo más que de sufrir; jamás desatendió, no obstante los riesgos, sus deberes pastorales, y precisamente, mientras me encontraba en el desempeño de los mismos, fue arbitrariamente aprehendido en un poblado de la jurisdicción parroquial (Pánico) junto con una docena de varones, feligreses suyos, la noche del 18 de junio de 1929, y trasladado de Mascota, fue fusilado cuatro días después (madrugada del día 22) por el tristemente célebre General Luis Alcalá, jefe de las fuerzas armadas del Gobierno en esa región.

Por disposición del Excmo. Sr. Don Anastasio Hurtado y Robles, el que esto escribe llevó a cabo en julio de 1967 una serie de interrogatorios con algunos de los aprehendidos aquella noche cuyos testimonios, firmados y protestados bajo juramento, se encuentran en los archivos de la Curia Diocesana. Personalmente creo que la vida y martirio del Sr. Cura Galindo, hijo esclarecido de Acaponeta, es una de las páginas más limpias y heroicas que haya escrito uno de nuestros sacerdotes en la historia de la diócesis. El Excmo. Sr. Hurtado solía referirse a él diciendo que “su sangre abonó la floración de vocaciones sacerdotales que vino después”.

Del Sr. Cura Don José Casillas B. (1929-1944) puede decirse que fue el hortelano fiel y diligente que sobre todo a través de la Acción Católica , el Catecismo y las Asociaciones Piadosas, desarrollo y cosecho la semilla sembrada a principios del siglo por el Sr. Cura Valdés. Fue además un incansable promotor de obras sociales; el camino (brecha) a Guachinango y Mixtlán obedeció al empeño que tuvo siempre de hacer de Guachinango un centro comercial, cultural y religioso, contra la absorción que en los dos primeros aspectos presentaban Atenguillo, Etzatlán, Ameca y Amatlán de Cañas; mediante un puente que en el Departamento de Obras Públicas del Estado de Jalisco está registrado como “Puente Casillas”, unió al pueblo el barrio de San Juan Bosco que durante el temporal de aguas quedaba frecuentemente incomunicado; impulsó la escuela parroquial, realizó algunas modificaciones en el templo, abriéndole cuatro luceras y tres arcos y, finalmente, atendió con especial interés el cultivo de las vocaciones sacerdotales, siendo seis sacerdotes, al menos cosecha de su tiempo.

Al Sr. Cura Don J Refugio Hernández G. (1944-1952) se puede aplicar la frase de la Escritura : Consummatus in brevi, explevit tempora multa (alcanzando en breve la perfección, llenó largos años. Sab. 4,13). Convencido y seguro de la profunda religiosidad que vivía la parroquia, pudo dedicar mucho tiempo y esfuerzos a obras materiales y sociales; la reconstrucción y decoración del templo y la propagación de la devoción a la Sma. Virgen en su advocación de Nuestra Señora de la Purificación serán hechos a que necesariamente quedará vinculado el nombre del Sr. Cura Hernández.

Emprendedor y decidido, realizó obras que admiran tanto por la cuantía de su coste, como por la celeridad con que las llevó a cabo. Baste indicar, en rápida enumeración, las siguientes: decoración interior y exterior del templo parroquial; fabricación de artístico y valioso pedestal para la Sma. Virgen ; a favor del templo parroquial, dotación de imágenes (8) bancas, confesionarios, vasos sagrados y ornamentos. Tuvo tiempo para emprender también la reconstrucción de algunas capillas en los ranchos.

La acción pastoral del Sr. Cura Hernández fue múltiple y variada: visitas frecuentes a todos los ranchos de la jurisdicción, en todos los cuales estableció centros de Acción Católica y de Catecismo; preocupación muy especial por los enfermos a los que se prestaba atención por medio de la Acción Católica y Asociaciones Piadosas; organizaciones de tandas de misiones, cultivo a los gérmenes de vocación sacerdotal, impulso a la escuela parroquial y establecimiento de ésta en la Estanzuela y Guachinanguillo; legitimación de casi todas las uniones libres que había en toda la jurisdicción parroquial; dotación de luz eléctrica para el templo, curato, plaza principal y algunas calles de la población; propagación de la devoción a la Sma. Virgen , patrona de la parroquia, para la que el mismo creó la novena que aún existe; en su tiempo florecieron la A.C .M., El Apostolado de la Oración, Las Hermandades del Smo. Sacramento de Señores y de Señoras, La Asociación Josefina , Las Hijas de Maria Inmaculada, Las Obras Pontificias de la Propagación de La Fe y de la Santa Infancia , La Congregación Guadalupana y los Caballeros de la Corte de Honor de Sta. Maria de Guadalupe que él estableció aquí.

A escasos cuatro años de su llegada a la parroquia (mayo 14, 1948), tubo lugar la solemne consagración del templo y del altar por el Excmo. Sr. Dr. Don José Guadalupe Ortiz Arzobispo titular de Pompeyopolis. En fin, llama poderosamente la atención el movimiento que los Libros de Gobierno de la parroquia registran durante estos ocho años.

Finalmente, desde el día 22 de febrero de 1952 esta parroquia ha estado a cargo del Sr. Cura Don José Ma. Peña Ramos que ha dedicado su vida a la atención de la Escuela parroquial. Durante estos 23 años se han construido las capillas de Pánico, La Ciénega y la Estanzuela (ésta costeada casi en su integridad por el Dr. Mota Velasco de Guadalajara); se adquirió un equipo de sonido y, en febrero de 1971, se estrenó un magnífico órgano electrónico, costeado en la casi totalidad de su importe por los emigrados en los EE.UU. y los sacerdotes hijos del pueblo.

EL TEMPLO PARROQUIAL

Debido a que originalmente fue casa de la Familia Rodríguez Ponce, que la cedió para que se adaptase como templo, probablemente durante la primera mitad del siglo XVIII cuando el Sr. Juan Antonio Rodríguez Ponce era Vicario de esta Parroquia (1735-?), el templo parroquial es bastante angosto, aunque, por otra parte, si llena las necesidades ordinarias de la cabecera.

Mira hacia el oriente, y aunque es de una sola nave de 35 m de longitud, en la parte correspondiente a las dos primeras bóvedas (presbítero y siguiente) aparece como de tres, debido a dos capillas d trazo longitudinal al templo y que le dan en esta parte una anchura de mas de 15 metros .

Sin tener un estilo arquitectónico definido, sus bóvedas de cañón (excepto la del presbiterio que es de crucero), sus anchos muros y bromosos contrafuertes exteriores lo acercan bastante al estilo romántico; las fachadas de las puertas, Mayor y costado sur, en cantera roja, sí son de corte sobriamente barroco, rematada esta última por el escudo de armas de la Familia Rodríguez Ponce, tallado también en cantera roja, su torre de dos cuerpos esta rematada por un cono muy proporcionado y esbelto que asocia las imágenes de las agujas góticas de las viejas catedrales europeas, junto con el reloj que tiene a su derecha (adquisición del Sr. Cura Lupercio en 1896) y el remate de la escalera –caracol a su izquierda, presenta un recorte de armonía perfectamente balanceado; su atrio, que le llena todo el frente mas dos tercios del costado sur, es lo suficientemente amplio como para afirmar que es de los mas espaciosos de la diócesis una hermosa cruz de cantera fina de tres varas de altura, por vara y media de longitud en sus brazos, se encuentra frente al templo, dentro de la parte oriental del atrio; de indiscutible mérito artístico, cruz guarda relación con el segundo de los Franciscanos, el que fue Capitán, puesto que en su base tiene esta inscripción:

“Ponce – Año – 1653”

El decorado interior del templo, realizado a base de abundante moldura en yeso con suficiente relieve, es de color marfil sobre un fondo de piroxilina. El altar, lo mismo que la mayor parte del retablo, es de mármol blanco. Suficientemente provisto de imágenes, cuenta con algunas de exquisito gusto y antigüedad, especialmente la de Ntra. Sra. de la Purificación , patrona de la parroquia. Esta imagen es una hermosa escultura de la madre de Dios con el Niño en el brazo izquierdo y una pequeña candela de plata en la mano derecha; de origen guatemalteco (según el Ilmo. Mons. Casillas), mide unos 60 cms de altura y se dice que durante la primera mitad del siglo pasado fue traída a Guachinango por el Sr. Don Julián Ponce de Santiago que fuera después (1885), el primer Presidente Municipal que tuvo este Municipio.

El libro de Gobierno No. 1 que cubre los años de 1775 a 1841 inicia la página 193 con un inventario de fecha 18 de Junio de 1836 en el que al referirse a los altares dice: “Primeramente el Altar Mayor cuya Patrona es Nuestra señora de la Purificación , siendo la Imagen que ocupa el trono principal de escultura nueva y media de vara grande”. Otra bella imagen de la Santísima Virgen obra del famoso escultor Espinosa, es la de la Purísima Concepción de María, donada por Doña Petronila Dueñas de Sánchez alrededor del año 1910, en tiempo del Señor Cura Mena. De indiscutible valor y buen gusto son las imágenes de Jesús Nazareno, del Sagrado Corazón, adquirida por el Señor Cura Valdés (1903-1908); las de San Nicolás de Tolentino y de Cristo Resucitado, donados en el siglo pasado por una familia Langarica, dueña de el Mortero; la de un Cristo en la cruz, hermosa obra barcelonesa, la del santo entierro y la del otro señor de la cruz, donada también en el siglo pasado por Don Ignacio Hernández, dueño del Rojo. Esta última no se encuentra en el templo parroquial.

Finalmente, el Señor Cura Casillas adquirió las de San Juan Bosco y Santa Teresita del Niño Jesús, imágenes que solamente bendijo el Excmo. Señor Dr. Don Anastasio Hurtado y Robles el 27 de junio de 1937, en ocasiones de su primera visita pastoral a esta parroquia. Además, desde hace aproximadamente una década, la antigua imagen de Nuestra Señora de los Dolores fue sustituida por otra nueva, donación debida a la generosidad del Sr. Don Lorenzo Langarica Salazar (q.e.p.d).

En cuanto a pinturas valiosas por su mérito artístico y antigüedad, existen, sobre todo, los 14 óleos del Viacrucis que probablemente daten del siglo XVIII, puesto que en inventarios de fines de dicho siglo ya se hace referencia a 14 pinturas de un Viacrucis cuyas medidas coinciden con el actual. Existe además un magnífico óleo de la Santísima Virgen de Guadalupe firmado por E. Aldana en 1926, y otro de Nuestra Señora del Refugio.

Algo que llama poderosamente la atención, especialmente de las personas que visitan este pueblo, es el sonido de sus campañas, todas fundidas aquí a fines del siglo pasado por el Señor Cura Don José del Refugio Flores, excepto la Mayor debida al empeño del Señor Cura Don Luis Becerra. Aunque en su conjunto las campañas se pueden considerar como medianas (sólo “ la Mayor ” y “ la Segunda ” rebasan el tamaño anterior), es tan extraordinaria su sonoridad, ya sea cada una sola o todas en conjunto, que ponen inmediatamente de relieve la calidad de los metales empleados en su fundición. Algunas personas que vinieron en aquella época, testifican que en su aleación no solo se empleo gran cantidad de alhajas de oro de las gentes que determinaron dicho destino para sus anillos, aretes, arras de matrimonio, etc.; así como le contó hace unos cuantos meses (julio de 1974), el Señor Don Manuel Arreola con 98 años de edad y en pleno uso de todas sus facultades, y que fue uno de los que acarrearon la leña que se usó para la fundación definitiva, llevada a cabo en la casa de Doña Porfiria Contreras Torco (hoy de la Familia Hernández Pérez).

En resumen, todo podría perdonársele al emporio Minero de Guachinango que, todavía a fines del siglo pasado y principios del presente, trabajaba hasta 20 minas a la vez y cuya jurisdicción parroquial la habitaba a la minería, todo podría perdonársele, repito, excepto el no tener magníficas campanas.

 

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